CHAVEZ Y LAS IZQUIERDAS LATINOAMERICANAS

La muerte del Presidente venezolano, Hugo Chávez, ha generado un fuerte impacto de escala mundial. Tal como ocurrió durante su vida política, su figura y trayectoria provoca fuertes reacciones polarizadas con poco espacio para las evaluaciones reflexivas y racionales. Amores y odios intensos son los sentimientos que provoca el líder bolivariano dentro y fuera de su país.

 

No es raro, ha ocurrido históricamente con la mayor parte de los líderes populistas de base carismática. Su gestión supuso un “parteaguas” entre los que el mismo Chávez consideraba los buenos y los malos. Toda su vida política fue construida sobre la base del viejo esquema de “amigos-enemigos”. Su enemigo predilecto era, obviamente, el “imperio yanqui”, aunque en forma simultánea mantuviera con Estados Unidos una fuerte y muy favorable corriente comercial.

Chávez ejerció un liderazgo que trascendió su país, para convertirse en un influyente gobernante sobre varios de los países de América Latina. Se entrometió en diversos procesos eleccionarios en forma visible y, en otros casos, en forma oculta. Buscó que sus aliados y, en algunos casos, candidatos que dependían política y financieramente de él, triunfaran en sus respectivos países para ensanchar su influencia continental. Construyó la idea del “socialismo del Siglo XXI” y creó la asociación de los países del “ALBA”.

Los recursos de su país, que no propios, fueron usados de manera escandalosa para apoyar gobiernos y candidatos que sintonizaran con sus ideas.

La enfermedad y la incertidumbre sobre su final han disimulado una situación social y económica en Venezuela que se agrava día a día. Una devaluación de más del 30% pasó inadvertida ante la inminencia de la muerte del líder. Sin embargo, una vez pasado el tiempo de las condolencias y del dolor de los ciudadanos, el impacto de la crisis económica seguirá estando tan fuerte y presente como siempre.

Porque los que creen que Venezuela ha logrado el milagro de la equidad social no entienden la realidad efectiva de ese país caribeño. Chávez derrochó recursos apoyando a regímenes vecinos para construir su liderazgo de aspiración global, pero no porque le sobraran ante una realidad fantástica de su propia gente. Por el contrario, igual que en el exterior, el modelo chavista ha construido una formidable red de clientelismo político a través del otorgamiento de dádivas sociales que muy poco tienen de construcción sólida de un Estado de Bienestar sustentable.

No hay duda de que Chávez aprovechó las gravísimas omisiones de un régimen de partidos corruptos que no supo usar la opulencia petrolera para construir un país equitativo, participativo y justo. Pero no menos cierto es que Chávez con otra construcción ideológica, con grandilocuencia y una impresionante parafernalia, tampoco ha construido una sociedad equitativa y próspera.

Chávez es el ejemplo paradigmático del caudillo populista de izquierda autoritaria que ha sido, lamentablemente, muy frecuente en nuestro continente.

Un liderazgo que comenzó con su aventura golpista de 1992 por la que intentó derrocar a un gobierno legítimamente electo, que continuó con el hostigamiento y clausura de medios de comunicación que le fueran hostiles y la afectación al libre funcionamiento de las organizaciones sociales que no fueran partidarias de su régimen. Un régimen que cuando perdió sus mayorías parlamentarias especiales acudió al mecanismo autoritario de que la propia Asamblea Legislativa saliente le otorgara al Presidente poderes exorbitantes incluso sobre el período de gestión del nuevo cuerpo legislativo electo.

Hasta en los más mínimos detalles, como la oscuridad de la información sobre su enfermedad y desenlace, el insólito anuncio de su embalsamamiento, la propuesta de reformar la Constitución para que el cuerpo de Chávez esté junto al de Simón Bolívar, se expresan los  indicadores inequívocos de la presencia de un régimen populista, personalista y autoritario.

Para un continente que se ha refugiado en la idea de los hombres fuertes o caudillos providenciales, la imagen de Chávez alimenta la opción de la izquierda populista. Por eso mismo, desde la izquierda democrática es imprescindible realizar la crítica y marcar las distancias correspondientes.

Porque no es todo lo mismo. Entre la izquierda democrática moderna, socialdemócrata y seria y la izquierda populista, caudillista y clientelística existe un abismo que marca diferencias insoslayables entre uno y otro modelo.

Por eso es muy preocupante que desde el campo del partido de gobierno no haya surgido una sola voz capaz de expresar la crítica pertinente a una figura que representa un modelo que tanto daño le ha hecho a los esfuerzos de transformación social con democracia en nuestro continente.

En América Latina coexisten estas dos alternativas bajo el común letrero de izquierda.

Por un lado, está la propuesta socialdemócrata, moderna, responsable y democrática que busca impulsar proyectos sociales, culturales, económicos e institucionales fundados sobre el respeto a la diferencia y al pluralismo. Capaces de construir equidad en base a la elaboración de propuestas con equilibrio en el manejo de los recursos. Asumiendo que los liderazgos se inscriben y están supeditados a las reglas de juego de la democracia. Aceptando la autonomía de las organizaciones sociales y la diversidad cultural en un marco normativo de libertad de expresión y pluralidad de los medios de comunicación.

Por otro lado, se levanta la expresión populista de la que el chavismo se ha convertido en la principal referencia actual. Esta alternativa busca impulsar un modelo autocrático, personalista, limitante de las libertades y del pluralismo social, que controla y hostiga a las voces discrepantes y que además funda su proyecto en políticas económicas o sociales que no son sustentables.

Sin embargo, el riesgo es que este fenómeno populista termine por identificarse con la izquierda misma. Particularmente si los que nos sentimos parte de una izquierda democrática, callamos o concedemos pacíficamente.

Justamente en estos momentos de particular sensibilidad, resulta imprescindible no abdicar de marcar las imprescindibles diferencias políticas e ideológicas existentes.