¿POR QUÉ NO SE CONDENA AL GOBIERNO DE MADURO?

Realmente causa asombro, a esta altura de los acontecimientos, la enorme dificultad que existe en el gobierno nacional para señalar con firmeza y energía un cuestionamiento decidido al proceso autoritario que se viene agudizando en Venezuela para convertirse en un auténtico régimen dictatorial.

Ni hablemos de las insólitas declaraciones de apoyo, incluso caluroso, que emitieron tanto el Frente Amplio como el PIT-CNT en medio del incremento horroroso de la represión del régimen que cobra día a día vidas inocentes.

 

El presidente saliente eligió el viejo recurso de “como te digo una cosa, te digo la otra”. Entonces comenzó un discurso que iba para allá y para acá, meta relativizar una y otra cosa, para finalmente quedar en la nada más absoluta. Por un lado hay una oposición golpista, pero también existe una oposición buena; por otro lado hay un gobierno al que se le puede estar yendo la mano, pero ojo porque sino viene un golpe de militares de izquierda. Como siempre una mezcla de argumentos para uno y otro lado y, al final, ni una cosa ni la otra sino todo al mismo tiempo. Fantochadas lamentables.

El Canciller saliente, que debe estar midiendo cada letra (no ya cada palabra) porque teme que cualquier episodio mínimo pueda afectar su chance de convertirse en Secretario General de la OEA, nada dice y seguramente espera ansioso que llegue el 1º de marzo para zafar del problema sin decir palabra.

Lo cierto es que, mientras tanto, en Venezuela el régimen de Maduro ya se ha deslizado irreversiblemente hacia el autoritarismo, desatando una represión que, por otra parte, viene gestándose desde hace varios años, incluso desde la época en que gobernaba Hugo Chávez.

En efecto, ya en épocas de Chávez se habían clausurado medios de comunicación y se había hostigado a las ONGs y otras organizaciones de la sociedad civil. Ya se había recortado el poder del Parlamento, otorgando al Presidente la suma del poder público.

Pero desde que llegó al gobierno Nicolás Maduro y los indicios del descalabro económico y social se convirtieron en una situación de catástrofe inminente, la fuerza represiva ha ido en aumento de forma tal que ya nadie puede dudar de que la democracia corre el riesgo de desaparecer definitivamente en ese país.

Hace ya más de un año que el parlamentario Leopoldo López está detenido en una cárcel militar, Corina Machado ha sido privada de sus fueros legislativos y la semana pasada fue detenido el Alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, también trasladado a una prisión militar. En estos días, además, se busca destituir del Parlamento a Julio Borges, otro legislador opositor.

Desde hace un año el régimen reprime en las calles a los manifestantes que pacíficamente se movilizan expresando su repudio a un régimen corrupto y sin capacidad de resolver la profunda crisis en que viven los venezolanos.

¿Cuántos estudiantes han sido asesinados en las calles de las ciudades venezolanas a manos de las fuerzas policiales y militares del gobierno que, además, cuentan con la vergonzosa autorización gubernamental para disparar contra los manifestantes? Hace dos días mataron salvajemente a un estudiante de 13 años que presenciaba una de las tantas manifestaciones que cada vez brotan con mayor fuerza ante la barbarie autoritaria de los gobernantes venezolanos.

Las voces de repudio y rechazo son atronadoras y cada vez más numerosas. Todas las organizaciones de derechos humanos han expresado su repudio, la Internacional Socialista condenó lo que ocurre en Venezuela, la hija del asesinado presidente Salvador Allende, levantó su voz para condenar al gobierno de Venezuela.

Sin embargo, el Frente Amplio y el PIT-CNT apañan y defienden a Maduro y acusan, como siempre, a los opositores de golpistas. Triste truco que todo gobierno devenido en dictadura, desde siempre, utiliza para justificar su barbarie.

¿Cuántas veces las dictaduras militares latinoamericanas de los setenta justificaron sus violaciones a los derechos humanos, sobre la base de la “amenaza subversiva” o por la intervención del “oso ruso” o la “amenaza bolchevique” que conspiraban para voltear a sus respectivos regímenes?

Pues bien, es la misma historia de siempre. Ahora Maduro, Cabello y todo su equipo acusan todos los días de nuevas conspiraciones para derrocarlos. El imperialismo yanqui, la derecha, el empresariado cipayo vendido al imperio, los opositores traidores a la patria, etc.

¿Quién les cree realmente? Yo creo que nadie. Ni siquiera los que redactaron las lamentables declaraciones de apoyo en nuestro país. Nadie es tonto y todos saben que lo que está pasando en Venezuela es, lisa y llanamente, una violación de los derechos de los venezolanos y un atentado a la democracia.

Entonces, ¿por qué se mira para otro lado? ¿Por qué se insiste en defender lo indefendible?

Lamentablemente, la respuesta está en el orden de prioridad de los valores políticos. Es un hecho de la realidad que han existido y existen en el mundo derechas democráticas y derechas autoritarias, tan cierto es eso como que también han existido y existen izquierdas democráticas e izquierdas autoritarias.

Pues bien. La cuestión que define la postura ante estas circunstancias es cuál es el valor que se prioriza. Para nosotros la defensa de los derechos humanos, el ejercicio de las libertades públicas y la defensa de la democracia son valores superiores que se imponen a la orientación ideológica de cualquier gobierno.

Los gobiernos pueden ser de izquierda, de centro o de derecha, más radicales en sus orientaciones de políticas públicas o más moderados, con mayor peso del Estado o del mercado. Nosotros tenemos nuestra orientación ideológica que reivindica la preferencia por una propuesta de izquierda, de sensibilidad social y preocupación por los más débiles con un Estado que se hace cargo de atenuar las desigualdades y promover la equidad social. Pero inexorablemente dentro del marco del respeto a las reglas de juego y la protección de los derechos de los ciudadanos en el juego democrático y plural.

Sin embargo, para los que defienden a Maduro parece que la prioridad es la orientación ideológica del gobierno. Si el gobierno es de izquierda hay que defenderlo aunque sea indefendible, porque la orientación ideológica del gobierno de turno es más importante que su actitud hacia la democracia, los derechos humanos o el pluralismo.

Siempre habrá una justificación, como la hubo para los regímenes del socialismo real hasta el mismo día en que cayó el muro y aun después, o para el más de medio siglo de dictadura en Cuba.

Basta imaginar cuál habría sido la reacción de los que hoy justifican el accionar de Maduro, si su gobierno fuera de derecha. ¿Se imaginan las manifestaciones de solidaridad que se habrían multiplicado ante estudiantes asesinados por protestar en la calle de la FEUU, el PIT-CNT o el Frente Amplio? ¿Se imaginan cuál sería la reacción de quienes esta semana emitieron declaraciones de apoyo a Maduro, si este fuera de derecha, ante la detención de un Alcalde opositor?

Con la mano en el corazón, solamente la hemiplejia ideológica impide ver la terrible realidad de las violaciones de un régimen que se ha deslizado hacia un terrible autoritarismo en forma cada vez más visible y evidente a los ojos de todos.

El gobierno uruguayo debe expresarse con claridad y firmeza condenando lo que ocurre en Venezuela, en vez de recibir con amabilidad a quien tiene las manos manchadas de sangre y debería promover una reunión del MERCOSUR para activar la cláusula democrática

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