El 1% más rico

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Por Hoenir Sarthou

Tras varios meses de intentar entender su gestión del gobierno y los debates internos que atraviesan al Frente Amplio, algo no me cerraba. ¿Por qué esa sensación de que la realidad va en un sentido mientras que el oficialismo y sus militantes hablan de otra cosa?

Hace pocos días tuve una especie de revelación. El problema es el anacronismo. La negación de la realidad mundial o el intento de enfrentarla con criterios y herramientas de otra realidad o de otra época.

Ojo, el problema no es sólo del FA. Todo el sistema político uruguayo vive y discursea en una burbuja que se desintegra día a día. La diferencia es que otros partidos ni siquiera intentan proponer algo. Acatan lo que se les impone, en secreto, sin dar explicaciones: Pfizer, Katoen, hidrógeno verde, más eucaliptus, Neptuno, miles de millones de dólares en deuda y remate del mar territorial para la prospección petrolera.

¿Cuál es la realidad mundial que no aparece en los radares, al menos en los discursivos, de nuestro gobierno y de nuestro sistema político?

Tomen asiento y paciencia. Ya sé, muchos creerán que hablo de ciencia ficción.

¿Oyeron hablar de Palantir?

Es una empresa tecnológica originaria de Silicon Valley que, directamente o a través de colaterales, está logrando contratos para manejar los sistemas militares y de seguridad de los EEUU y de Europa. Y no sólo eso. También los sistemas de la administración pública, impuestos, seguridad social, salud, migración, etc.

Algo más sobre Palantir. Está muy relacionada con la administración Trump y en particular con el vicepresidente James Vance.  Su CEO, Peter Thiel, integra la generación de intelectuales tecnológicos que, como Elon Musk y Sam Altman, están instrumentando una organización social postdemocrática en la que se asigne a la tecnología, y a quienes la controlan, las decisiones políticas.    

¿Se enteraron de lo que está pasando en Europa con la gripe aviar y la porcina?

Por un lado, el exterminio de miles y miles de aves de corral y de cerdos, pero además una nueva  epidemia de miedo ante anuncios de riesgo de contagio a humanos. ¿Beneficiarios? La industria farmacéutica, que otra vez producirá y venderá vacunas. La industria alimentaria, que elevará precios e introducirá nuevos productos cada vez menos naturales. Y la especulación financiera, que adquirirá a precios de liquidación las tierras de los productores fundidos.

En paralelo, las guerras, la interminable de Ucrania, los escarceos de EEUU con Venezuela, la siempre latente en Medio Oriente (ahora con desembarco en Gaza de los capitales que están detrás de Trump y de Tony Blair), y otras cincuenta y pico de guerras “de baja intensidad” (léase sin cobertura mediática) en el resto del mundo. ¿Beneficiarios? Obviamente, la industria armamentista, los capitales del petróleo y la energía, los contratistas de reconstrucción y, cuándo no, el capital financiero, que invierte en la guerra, cobra intereses y compra a precio de saldo los recursos y las infraestructuras de los territorios devastados por la violencia.

Se los cuento así y parece un inventario de desgracias independientes. Pero no se engañen. Detrás de cada uno de esos fenómenos, y de muchos otros que no menciono, están los mismos capitales, las mismas cabezas financieras que determinan la geopolítica desde hace muchísimo tiempo.

¿Ustedes creen el mito clásico del genio nerd que jugaba con ordenadores en el garaje de su casa y que a los veinte  años de edad se volvió multimillonario con su afición?

Bueno, disculpen, pero suena muy  ingenuo. Nadie se hace millonario jugando con una computadora en el garaje de su casa. A menos que alguien económicamente poderoso lo detecte como genio y resuelva invertir en él.

Les pongo como ejemplo el caso de Palantir. ¿Saben cuántas acciones de su supuesta empresa posee Peter Thiel? El 3,75%. ¿Y saben quién controla el resto? Bueno, Vanguard Group y Vanguard Index Found poseen al menos un 14%. Blackrock, casi un 8%. State Street  un 4,25%, Fidelity otro 1.25%. J.P. Morgan casi un 1%. Y con otras colaterales controlan más del 35% del capital accionario de Palantir. Como esas empresas financieras están interrelacionadas entre sí (con Vanguard a la cabeza),  y el resto de las acciones están desparramadas entre muchos inversores menores, tener más del 35% de las acciones que votan juntas significa tener el control de Palantir. Y de Palantir depende cada día más la inteligencia y la logística militar, al menos de los EEUU y de Europa. Así que imaginen quién controla en gran medida las políticas bélicas del mundo.

Lo mismo puede decirse de la industria farmacéutica, de la petroleras, de la industria alimentaria y de los bancos. Siempre la misma estructura del capital accionario. Vanguard y Blackrock a la cabeza y luego State Street, Fidelity y cuatro o cinco colaterales que completan el control necesario. Todos los caminos y negocios conducen a los mismos grupos financieros.

Ese es el mundo real. El que ya empezamos a vivir y el que se nos vendrá encima, aun más, con su carga de miedo, imposiciones y restricciones tecnológicas,  en pocos años o meses. Porque esa es también, con astutas ingenierías empresariales, la estructura del capital accionario de UPM y de sus colaterales, como SACEEM, la de Uber, de los bancos privados y de las grandes empresas internacionales que operan en Uruguay. Ellas y los organismos de crédito internacionales son quienes deciden qué inversiones y qué obras de infraestructura se llevan a cabo. Después los uruguayos pagamos los préstamos.  

En ese contexto, el gobierno uruguayo, que a duras penas dejó sin efecto Neptuno, acaba de autorizar la prospección sísmica en busca de petróleo en nuestras costas y anuncia como cosa espectacular un túnel por debajo de 18 de Julio.

Muchos frenteamplistas no están de acuerdo con esas políticas. Las perciben como alejadas u opuestas a las necesidades populares. En contrapartida,  proponen cobrar un impuesto del 1%  “a los más ricos”, entendiendo como “los más ricos” a quienes posean un patrimonio de un millón de dólares o más.

No es que me parezca mal. De hecho, parece justo que quienes “estén cómodos” aporten para cubrir las necesidades sociales.

Lo que me pregunto es si ese concepto de “riqueza” es la verdadera riqueza y el poder que deben preocuparnos en la realidad actual y en la que se viene, o si responde a una noción de mediados del siglo pasado, de una burguesía acomodada local, dueña de campos, casas, fábricas y rentas.

¿Qué pasa con las complejas ingenierías jurídico-contables de las empresas transnacionales, que esconden su patrimonio y sus ganancias con colaterales y testaferrerías varias? ¿Qué de los contratos que nos obligan a no gravarlas con impuestos? ¿Qué con las que se llevan gratis el agua y destruyen el mar?  ¿Qué con las que arriendan campos enormes sin que figuren en sus patrimonios? ¿Qué con los cientos de millones de dólares que se quedan las AFAPs cada año? ¿Y qué con los aerogeneradores y pasteras cuyos contratos nos obligan a comprarles energía a precios siderales?

Reitero: no me parece mal gravar a la riqueza. La cuestión es definir bien qué se entiende por riqueza. Para que el 1% no sea una batalla del pasado, o un saludo a la bandera.   

PorHoenir SarthouPublicado diciembre 11, 2