Lo que dicen y lo que no dicen los datos sociales

El Presidente Mujica dedicó su última audición radial a señalar la reducción de la pobreza y la indigencia. Reivindicó como un gran éxito de su gestión que la pobreza se haya reducido al 13,7% y la indigencia al 0,5%; sin duda son cifras históricas. Desde que se lleva el registro de estos dos indicadores, nunca se había alcanzado un resultado similar.

 

Esto es bueno y corresponde celebrarlo. Sin mezquindades y sin reparos. Todo fenómeno que exprese mejoras en la situación de vida de la población debe ser valorado positivamente por todos los que hacemos política de buena fe.

Sin embargo, resulta necesario incorporar en el análisis algunos elementos que hacen a una interpretación más amplia y abarcativa de la realidad presentada por el Presidente.

En primer lugar, debe señalarse que el ritmo de recuperación social no fue tan veloz en relación al ritmo del crecimiento de la economía. Nuestro país ha crecido en los últimos años a una tasa histórica, sin embargo la reducción de la pobreza desde el 34% de 2004 demoró siete años para alcanzar la cifra señalada más arriba. Recién en 2011 se logra un resultado mejor al que se había alcanzado a mediados de la década de los noventa (15%) con una tasa de crecimiento bastante más modesta.

En segundo lugar, no debe obviarse que desde hace tres o cuatro años se introdujo una pequeña “trampita” en el cálculo de los ingresos, puesto que se incluyó el aporte del FONASA como si fuera un ingreso más. Esto aumenta el monto de ingresos de las personas y “ayuda” a que exista un mayor número de personas por encima de la línea de pobreza.

Recuérdese que en el pasado no existía el FONASA, pero existía DISSE, que cumplía la misma función y, sin embargo, nunca se había incluido el aporte a DISSE como parte de los ingresos de las personas. O sea que la estadística cuenta con una pequeña “ayudita” en la expresión de los resultados.

En tercer lugar, la fortísima reducción de la indigencia tiene un fundamento muy directo con la entidad de los subsidios y beneficios generados a partir de 2005 con la creación del MIDES. Los apoyos en dinero a los hogares de más bajos recursos al ser significativos permiten que, por la mera contabilidad de los mismos, las personas superen los ingresos correspondientes a la línea de indigencia.

Hay que recordar que la línea de indigencia se define por los ingresos equivalentes a una canasta básica de alimentos, por lo que el aporte que surge, por ejemplo, del pago de las asignaciones familiares en hogares con un número elevado de hijos menores, en muchos casos, puede alcanzar para superar el límite de la indigencia.

Esto no quiere decir que no haya que otorgar los mencionados subsidios o beneficios a aquellos hogares de menores recursos, pero es un factor explicativo del éxito en la reducción de la indigencia.

Sin embargo, esta referencia sirve para señalar el principal problema que continúa pendiente más allá del éxito de las cifras presentadas. Seguimos teniendo una gravísima crisis de la integración social. Hay muchos menos pobres que antes, es cierto; ya casi no hay población en situación de indigencia, también es verdad. Pero seguimos teniendo un grave problema de integración social.

Un sector importante de la sociedad ha cambiado su sistema de normas y valores, cuestionando el funcionamiento social y afectando ciertas lógicas que hacen a un país que cree en el ascenso social por la vía del esfuerzo,  la educación y el trabajo.

Este es el mayor problema que tenemos instalado en el Uruguay de hoy. Alumnos que le pegan o amenazan con violencia a sus docentes; padres que actúan con violencia o prescindencia con respecto a sus hijos; incremento de los crímenes por violencia doméstica; aumento del número de delitos violentos como la rapiña o el homicidio; pérdida del valor de la educación como camino para el ascenso social; incremento de las adicciones; valoración del no hacer nada o de vivir dependiendo de las dádivas del Estado; apuesta a caminos de salida alternativos como la droga, el suicidio, la delincuencia o la emigración.

Hemos perdido la sociedad “hiperintegrada” de la que nos hablaba Carlos Real de Azúa, y que era un ejemplo a nivel mundial. Hoy nuestro país muestra su cara más sórdida y, al mismo tiempo, sus mejores indicadores de crecimiento económico en toda nuestra historia.

Hoy nuestro país bate los records de comisión de delitos, nuestra educación muestra los peores indicadores en décadas mientras, curiosamente, tenemos menos pobres que nunca.

Existe un enorme y tremendo contraste entre unos y otros datos.

La causa central es la crisis de nuestro sistema de normas y valores. Estos se construyen a través de dos instituciones fundamentales que hoy están sumidas en una profunda crisis, la educación y la familia. Es en la familia y en el sistema educativo donde los seres humanos construyen sus sistemas de valoración sobre lo que está bien y lo que está mal que luego orienta sus conductas y sus acciones sociales. Ambas instituciones están en crisis y no se desarrollan las políticas activas necesarias para su recuperación.

Pero, además, una sociedad integrada requiere de una clase media potente y orgullosa de su aporte a la sociedad. Lamentablemente, buena parte de las acciones impulsadas en estos años, lejos de fortalecer a los sectores medios, los ha debilitado, afectando sustancialmente sus expectativas.

En definitiva, hay que mirar el vaso medio lleno, sin olvidar que la otra mitad continúa vacía.