Celebrar la Navidad, ¿qué significa?

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La Navidad es sin lugar a dudas la celebración más importante en el año a nivel mundial. Millones de personas de diferentes nacionalidades, lenguas y religiones esperan fervientemente esta celebración  aunque muchos lo tomen como “un rito”, “una costumbre” o, cristianamente, por el “significado”: el nacimiento de Jesús. Esto  convierte también a la Navidad en la celebración más ecuménica del mundo. Cuando compramos los regalos de Navidad, decoramos el árbol o nos reunimos con la familia alrededor de la cena navideña, raramente nos detenemos a pensar cómo se fueron formando esas tradiciones milenarias, algunas de ellas mucho más antiguas que el propio cristianismo.

Ahora vayamos a las distintas expresiones sobre el tema. Desde el “ecumenismo”, que se define como una tendencia o movimiento que intenta la restauración de la unidad entre todas las iglesias, tanto de las que se auto denominan “cristianas”, como de otras religiones. El tema es que esto implicaría tolerar y ser partícipes de muchos ritos y celebraciones, aun sabiendo bíblicamente que son contrarias a la voluntad de Dios.

La conmemoración del nacimiento de Jesús, la fiesta más universal de Occidente, se celebró por primera vez el 25 de diciembre de 336 en Roma, pero hasta el siglo v, la Iglesia de Oriente siguió conmemorando el nacimiento y el bautismo del niño Dios de los cristianos el 6 de enero. El nombre de la fiesta Navidad, proviene del latín nativitas, nativitatis ‘nacimiento’, ‘generación’. En siglos posteriores, las diócesis orientales fueron adoptando el 25 de diciembre y fueron dejando el 6 de enero para recordar el bautismo de Cristo, con excepción de la Iglesia armenia, que hasta hoy conmemora la Navidad en esa fecha de enero.

No se conoce con certeza la razón por la cual se eligió el 25 de diciembre para celebrar la fiesta navideña, pero algunos consideran probable que los cristianos de aquella época se hubieran propuesto reemplazar con la Navidad la fiesta pagana conocida como natalis solis invicti (festival del nacimiento del sol invicto), que correspondía al solsticio de invierno en el hemisferio norte, a partir del cual empieza a aumentar la duración de los días y el sol sube cada día más alto por encima del horizonte.

Una vez que la Iglesia oriental instituyó el 25 de diciembre para la Navidad, el bautismo de Jesús empezó a festejarse en Oriente el 6 de enero, pero en Roma esa fecha fue escogida para celebrar la llegada a Belén de los Reyes Magos, con sus regalos de oro, incienso y mirra.

En las iglesias evangélicas, hay diferentes posiciones sobre si celebrar o no la Navidad, y en caso de celebrarla, sobre cómo hacerlo.

Algunos consideran que no se debiera celebrar la Navidad por el hecho de que es imposible determinar la fecha exacta del nacimiento de Jesús. Todo indicaría que definidamente Jesús no nació el 25 de diciembre. Es muy poco probable que Jesús naciera a finales de diciembre: según Lucas 2: 8 los pastores estaban pernoctando en el campo, algo que no se hacía en invierno. Además las autoridades nunca habrían ordenado un censo en esa estación (Lc. 2: 1).

En la Biblia encontramos mandatos y principios bíblicos. Como creyentes, seguimos ambas cosas. Por supuesto, es más sencillo seguir los mandatos, ya que son explícitos. Con los principios es un poco más complicado, ya que en algunas ocasiones los encontramos de manera indirecta. De hecho, aun en las historias y personas en la Biblia encontramos principios a seguir. Existe un buen número de versículos bíblicos que nos exhortan a seguir los ejemplos que encontramos en las Escrituras (1 Cor. 10:6, 11; Fil. 3:17; 2 Tes. 3:9; Tito 2:7; St. 5:10; 2 Pe. 2:6).Es bien sabido que no encontramos un mandato bíblico explícito para celebrar la Navidad. ¿Eso quiere decir que es antibíblico? ¿O habrá algunos principios bíblicos para celebrarla? Algunas visiones teológicas sobre el tema.

1. El ejemplo de los ángeles

Sorprende cuando algunos dicen que la Biblia no da ejemplo de celebrar el nacimiento de Cristo. ¡Los ángeles mismos lo celebraron con un canto! “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace” (Luc. 2:14). Una de las formas en la que regularmente celebramos un evento es cantando. ¿Es la encarnación un evento digno de celebrarse? ¡Por supuesto que sí!

Cuando Jesucristo nació, el cielo festejó. Los ángeles lo hicieron con un canto, y siendo que los ángeles son mensajeros de Dios, y que solamente hacen lo que Dios les manda, podemos inferir que Dios también celebró el nacimiento de su Hijo. La Palabra nos manda celebrar las obras de Dios (Sal. 89:5; 145:4; Is. 12:4), y ¡qué obra tan grande es la encarnación de Jesucristo!

Por cierto, ¿cuál fue la reacción de los pastores al ver a Jesús? ¡Celebraron! “Y los pastores se volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho” (Luc. 2:20). [i]

2. El ejemplo de los magos

Los magos llegaron tiempo después el nacimiento de Jesús (aunque Mateo no especifica cuánto tiempo). Quizás, en parte, llegaron después debido a que viajaron desde el oriente. Cuando llegan, se postran en adoración, indicando que reconocen a Jesús como Rey, y le ofrecen tres presentes: oro, incienso, y mirra.

Se pudiera objetar, “Los magos vinieron a adorar, no a celebrar”. Sin embargo, celebrar y adorar no son dos conceptos opuestos. Por ejemplo, este verso: “Y sucederá que todo sobreviviente de todas las naciones que fueron contra Jerusalén subirán de año en año para adorar al Rey, Señor de los ejércitos, y para celebrar la Fiesta de los Tabernáculos” (Zac. 14:16). Este no es el único ejemplo. En las siete fiestas judías, adorar y celebrar eran dos cosas que se hacían juntas. Entonces, por lo menos en las fiestas bíblicas, la adoración se hacía en el contexto de celebración.

Así como los magos, los creyentes debemos celebrar la Navidad como un tiempo de adoración. Si no hay adoración en nuestra celebración, nuestro festejo es hueco y, si me permites decirlo, mundano.

3. El ejemplo de Jesucristo

Algunos dicen: “No debemos celebrar la Navidad, ya que la Biblia no manda su celebración”. [ii] Sin embargo, en el evangelio de Juan vemos que Jesucristo mismo celebró una fiesta que no era mandada en las Escrituras.

Leemos lo siguiente: “En esos días se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús andaba por el templo, en el pórtico de Salomón” (Jn. 10:22-23). ¿Qué hacía Jesús en el templo? Celebrando, por supuesto.

Se celebraba la “fiesta de la dedicación”, la cual “no estaba autorizada por las Escrituras Hebreas; era una institución relativamente reciente”. [iii] Esta fiesta se había este intuido en el periodo entre los dos testamentos, “para marcar la rededicación del templo después de ser desecrado por Antíoco Epifanes en el 164 a.C.”. [iv]

La fiesta de la dedicación era celebrada por los judíos ya que era algo digno de celebrarse. Jesucristo, siendo judío, la celebró. Nosotros no somos judíos, así que no tenemos por qué celebrar esta fiesta (además, el Nuevo Testamento es claro en el libro de Hebreos que toda celebración del Templo, con sus rituales y fiestas, se han cumplido por y en Jesucristo). Sin embargo, encontramos este principio: que la Biblia admite (por el ejemplo de Jesucristo mismo) el derecho a celebrar algo digno de celebrarse.

¿Es la encarnación y el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo algo digno de ser celebrado?

4. El principio de Pablo

El apóstol Pablo es muy práctico. Pero su práctica está basada en teología profunda. En Romanos y Corintios escribe principios similares (aunque la situación en las dos ciudades no era idéntica). El debate en cuanto a celebrar ciertas fechas, comer o abstenerse de ciertas comidas es resuelto de la siguiente manera:

“El que guarda cierto día, para el Señor lo guarda. El que come, para el Señor come, pues da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor se abstiene, y da gracias a Dios. Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo. Pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Por tanto, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Porque para esto Cristo murió y resucitó, para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos. Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O también, tú, ¿por qué desprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Dios” (Rom. 14:6-10).

Pablo nos recuerda lo que en verdad importa: glorificar a Dios. Independientemente de si celebras o no celebras, no eres mejor o peor creyente. Dios ve tu corazón (algo de mucho peso). Dios no se centra en si celebras, sino por qué celebras. Pero de igual manera, hay libertad para celebrar la Navidad, y la gran mayoría de la iglesia por 1800 años (aproximadamente) ha celebrado el nacimiento de Jesucristo. Así que si celebras, ¡hazlo para la gloria de Dios! Que quien celebra no juzgue a quien no lo hace, y quien no celebra no desprecie a quien lo hace.

Para su Gloria

La Biblia dice: “hacedlo todo para la gloria de Dios”. Este mes de diciembre tenemos la oportunidad como creyentes de ser luz en las tinieblas.

Referencias:

Lic.Emanuel Elizondo

[i] Celebrar y glorificar no son cosas opuestas: “Así los hijos de Israel que estaban en Jerusalén celebraron la fiesta solemne de los panes sin levadura por siete días con grande gozo; y glorificaban a Jehová todos los días los levitas y los sacerdotes, cantando con instrumentos resonantes a Jehová” (2 Crón. 30:21).

[ii]  Esta parece ser una aplicación del “principio regulativo” de adoración. Sin embargo, este principio ha sido abusado y aplicado de manera excesiva, tanto que algunos han prohibido el uso de instrumentos en la congregación debido a dicho principio. Aunque estoy acuerdo con este principio en bastantes aspectos, creo que usarlo para prohibir la Navidad es un exceso.

[iii] D. A. Carson, The Gospel According to John (PNTC; Grand Rapids: Eerdmans, 1991), 391 (mi trad.).

[iv] New Bible Commentary: 21st Century Edition (ed. D. A Carson et al.; Downers Grove: InterVarsity Press, 1994), 1047 (mi trad.).