¿Por qué pierden las izquierdas?
Por Hoenir Sarthou
Las “izquierdas” latinoamericanas están consternadas. ¿Cómo es posible que florezcan como hongos partidos y gobiernos políticamente de derecha, culturalmente conservadores y económicamente ultraliberales? Kast en Chile, de la Espriella en Colombia, Fujimori en Perú. ¿Cómo es posible que Milei haya vencido al peronismo clásico y al kirchnerista, que Bukele arrase en El Salvador y se proyecte como ídolo fuera de su país, o que el bolsonarismo amenace con sacar a Lula del gobierno de Brasil?

La psicóloga brasileña Rita Almeida, petista declarada y autora de “Psicología de las masas y bolsonarismo”, intenta explicar el apoyo de buena parte del pueblo brasileño al bolsonarismo, con una tesis inquietante. “… es necesario que dejemos de infantilizar al votante brasileño. Sé que es duro de aceptar, pero no votó por el bolsonarismo por no saber quiénes son sus líderes y lo que eso significa, sino exactamente por lo que son y defienden. Wilhelm Reich dijo una vez: “Las masas no fueron engañadas, ellas desearon el fascismo”.”. Y sigue Almeida: “Nunca escuché a ninguno de ellos (los bolsonaristas) decir que votan a la derecha por justicia social, universidad pública, derechos humanos…, aumento del salario mínimo, jubilación, protección del medio ambiente o de los pueblos indígenas, derecho a la diversidad de género, credos y opiniones… quieren libertad para ser autoritarios, racistas, machistas y fascistas. Esos votantes no están interesados en políticas públicas de protección social… Quieren hacerse lo suficientemente ricos y pagar todo de forma privada. ¡Miren a su alrededor! Fíjense en los influencers campeones de seguidores… fíjense en el discurso de los pastores neopentecostales que tienen éxito, los ídolos del fútbol. El tema central de esa gente es ostentación. Ostentan éxito, bienes y prosperidad financiera”. Y acá Almeida formula un concepto clave: “Depender del Estado, de políticas públicas, de cupos, de accesibilidad es sinónimo de fracaso para ellos… esa masa que cayó en las garras de la extrema derecha no quiere ese proyecto… Quieren ser ricos individualmente. Ni Lula ni las izquierdas están desconectados de las masas proletarias… Sólo que hoy las masas proletarias en general no se ven así, se ven como una especie de proyecto de rico que aun no funcionó pero va a funcionar…”.
Disculpen lo larguísimo de la cita, pero es medular para entender algunos resortes del pensamiento conservador brasileño, y, sobre todo, los resortes del pensamiento “progresista” o “woke”, tanto brasileño como latinoamericano, y probablemente mundial.
Dice Almeida refiriéndose a los sectores populares bolsonaristas: “Depender del Estado, de políticas públicas, de cupos, de accesibilidad es sinónimo de fracaso para ellos… esa masa que cayó en las garras de la extrema derecha no quiere ese proyecto…”.
Hay una pregunta clave en esto: ¿Desde dónde habla Almeida? ¿Desde dónde hablan los intelectuales, artistas y militantes del PT que piensan como ella?
La izquierda original, la de la Asamblea Nacional Francesa, no tenía por bandera a los tullidos ni a los invidentes de París. Era un sector de la burguesía francesa que se sentía capaz de crear y dirigir, sin el rey y sin los nobles, su propio proyecto revolucionario. La fuerza de arrastre de ese proyecto podía hacer que otros sectores sociales desposeídos apostaran por él, es decir por la burguesía en lugar de por la nobleza. Es lo que se suele llamar hegemonía.
Del mismo modo, en la Europa del Siglo XIX, en que la clase obrera pasó a ser “la izquierda”, los obreros militantes no estaban preocupados por la dieta de los marginales que dormían bajo los puentes del Sena o del Rin, ni por el bienestar emocional de los transexuales europeos. Su objetivo –su interés como clase y como sujeto revolucionario– era disputar a la burguesía el control de los medios de producción. Quizá a los marginales y a los transexuales les conviniera que los obreros se empoderaran. Pero, por cierto, ese no era el objetivo de esa “izquierda” ni de la “revolución proletaria”.
Insisto. ¿Desde dónde hablan Almeida y las izquierdas del Siglo XXI? ¿Qué intereses expresan? ¿Quién es el sujeto protagonista del proyecto político que promueven? No me refiero al beneficiario, sino al protagonista, al sujeto colectivo capaz de trazar y ejecutar un proyecto político a su medida. La respuesta es el silencio. En algún momento, entre mediados y fines del Siglo XX, se produjo la desaparición del sujeto revolucionario, el obrero explotado y rebelde, eventual protagonista de la revolución proletaria. El desarrollo capitalista, el consumo, el Estado de bienestar, la seguridad social, el entretenimiento, la alienación, lo condujeron al conformismo, a la integración. Y ahora la tecnología remacha la extinción del obrero tradicional. Cualquiera pensaría que el destino de los sindicatos y partidos nacidos por y para la revolución proletaria sería extinguirse. Pero no. Subsistieron. Los sindicatos revolucionarios se convirtieron en negociadores de salarios y de beneficios, Y los partidos revolucionarios en aparatos electorales y parlamentarios.
Ahora, ¿cómo sustentar un discurso “de izquierda” y dotarlo de carga emocional cuando su destinatario, y el sistema social que le dio origen, están casi extinguidos? La solución fue ingeniosa. El victimismo “woke”. Quizá la izquierda no tenga ya un proyecto económico-político distinto al de “la derecha”. Las dos apuestan a endeudarse y a ceder recursos estratégicos a la inversión extranjera. Quizá tampoco tenga un sujeto social protagónico y hegemónico. Pero siempre hay víctimas a las que apelar. Y a eso ha recurrido en lo que va del Siglo XXI: la apelación emocional respecto a identidades sexuales, población marginal, minoridad infractora, minorías raciales, discapacitados. Todas esas particularidades no estructurales pueden encontrar compasión y planes de ayuda en un gobierno de izquierda. La clave está en sustituir a la revolución por la compasión. Es así que la izquierda del Siglo XXI ha dado nacimiento a una clase de militantes a la vez angélicos y desclasados. Desde algún lugar etéreo, superior e incontaminado, al parecer iluminado por la luz de la justicia y de la piedad, hablan en nombre de los marginales, de las mujeres, de los discapacitados, de los niños pobres, de las minorías sexuales y raciales, es decir en nombre de las víctimas, incluso aunque no integren ninguna de esas categorías. Cabe preguntarse si tiene sentido un accionar político en que quienes son objeto de la acción no sean sus sujetos. ¿Es socialmente sano que proclamarse víctima sea el camino para obtener respeto y beneficios?¿Quién le habrá dicho a Rita Almeida que malvivir del Estado, de subsidios, cupos, tarjetas de comida, refugios miserables y rentas básicas es un destino deseable? Y menos si además hay que soportar corrupción, violencia, robos, sicariato, pobreza crónica, y una educación degradada que no conducirá a los niños a ningún lado ¿Por qué creerá qué insistir en que siempre hay otros más desgraciados -la pobreza infantil, los transexuales, los negros, los abusados– debería conmover a quien lo pasa mal?
Siendo así, las izquierdas latinoamericanas no deberían sorprenderse de que los votantes les den la espalda. Ni de que el predicador pentecostal los entusiasme diciendo que con la ayuda de Jesús serán ricos. Ni de que el narco exitoso sea un modelo juvenil. Ni de que el gobernante que promete orden y mano dura resulte seductor.
La pregunta que intenta responder la psicóloga brasileña admite otra formulación y otra respuesta. No es tanto por qué gana la derecha, sino por qué pierde la izquierda. Y la respuesta probablemente sea que no pierde por el modelo económico y político, que al fin y al cabo casi no difiere del de la derecha, sino por la corrupción, el clientelismo, la pasividad ante la delincuencia y la marginalidad, y, en buena medida por la exacerbación de las políticas wokistas, los conflictos de género, la homosexualidad y la transexualidad, incluso entre los niños, y la censura y cancelación de lo políticamente incorrecto. La ola de gobiernos de derecha va a pasar, porque no está en su ADN tomar las medidas de soberanía económica necesarias para perdurar. La duda es qué vendrá después.
Si vuelve a tocarle a la izquierda, tal vez necesite asumir que la sensibilidad popular debe respetarse, y que la caridad no es un proyecto político. Mucho menos si, al mismo tiempo, se regalan los recursos que posibilitarían construir algo distinto.
Foto: Senado de la Nación Argentina, dominio público (Wikimedia Commons).

