EL PODER DE UN BUEN INTENDENTE

rochatotal//Esteban Valenti

En realidad esta nota debería titularse: “El poder de un Intendente”, después de gobernar durante 30 años, el Frente Amplio, la izquierda, debería abandonar explícitamente la arraigada idea promovida por uno de sus “próceres”, de que las elecciones departamentales en Montevideo se pueden ganar con una heladera como candidata/o.

Esa idea es deplorable y funesta para todos. En primer lugar para los uruguayos todos, que tenemos nuestra capital aquí en Montevideo, es todavía mucho peor para los que habitamos esta ciudad, podemos gozarla y disfrutarla o padecerla y es terriblemente grave para una fuerza que todavía se proclama de izquierda, es decir que debería considerar los cambios a favor de la gente, sus mejoras en la vida, en la convivencia, en los servicios, en la estética y la ética de su ciudad son su objetivo y no repetirse de cualquier manera en los sillones del poder departamental. Sería además una demostración implacable de la decadencia de los montevideanos, resignados a tragarnos cualquier cosa.

Los intendentes en general tienen proporcionalmente y a nivel departamental, más poder, o menos control de otros cuerpos del Estado que el propio Presidente de la República. Ni el poder legislativo departamental, ni los alcaldes y los ediles le imponen grandes limitaciones. El intendente elije a gusto sus colaboradores, los controla, los orienta y los protege de la oposición. Y si gana por un solo voto a su adversario directo en las elecciones, tiene asegurados 16 ediles en 31. Es decir la mayoría absoluta. Para algunas resoluciones se requieren mayorías especiales.

Lo cierto es que el Intendente de Montevideo, dispone de muchos poderes, de un elevado presupuesto, de más de 8 mil funcionarios de la IM, más los contratados a través de empresas tercerizadas. Una proporción de funcionarios por habitantes de las más altas que se conocen.

Montevideo con el 40% aproximadamente de la población nacional, es sede de todos los ministerios y principales instituciones nacionales, a lo que se debe agregar que es la ciudad o localidad más visitada por los turistas extranjeros y con una corriente constante y numerosa de visitantes del resto del país. Es además, no solo por su tamaño, el centro de la vida cultural del país.

Además de los aspectos materiales concretos y tangibles, como la limpieza que no debería ser básica, sino ejemplar, como un modelo urbano y de convivencia, la movilidad cómoda, rápida y eficiente y en permanente evolución; la iluminación diseñada para favorecer la seguridad, democratizar la vida urbana en todos los barrios y resaltar las bellezas de la metrópoli; la promoción amplia, de calidad y de carácter popular de la cultura; la planificación en las obras de importancia en un diseño adecuado desde el punto de vista urbanístico, arquitectónico en permanente evolución, pero también el mantenimiento de las calles, veredas y parques y plazas en forma constante.

En estos casos, no se trata de ese eterno y despiadado debate y choque entre una cúpula sindical que pretende acaparar y dirigir las principales acciones y las autoridades municipales, se trata de los resultados. No hay ningún principio ni fin de izquierda, que nos imponga que la basura debe ser recogida obligatoriamente por empleados municipales, pase lo que pase, duren lo que duren los camiones recolectores de 350.000 dólares de costo cada uno o los miles de contenedores. Al principio y al final se trata de juzgar los resultados, la eficiencia, la imaginación, la constancia, la audacia que fue un rasgo característico de los montevideanos y la lucha despiadada contra la burocracia, el peor síndrome durante décadas de Montevideo.

Estas acciones concretas además tienen un impacto directo, si además se coordinan con las autoridades nacionales, con las otras intendencias del área metropolitana (Canelones y San José) en el impacto cultural y espiritual de nuestra sociedad. No se trata solo de administrar bien –que hay que hacerlo y, muy bien– sino de transmitir en forma permanente un “espíritu Montevideo” como parte de un estado espiritual nacional.

Recorriendo barrios enteros, en especial en las zonas periféricas se tiene la clara sensación de cómo nos hemos estancado y en algunos casos hemos retrocedido, a pesar de las estadísticas, que son verdaderas pero muy sutiles y complejas. Se bajó la pobreza y la indigencia pero del otro lado de la zanja, se quedaron muchos niños y niñas, muchos adolescentes y madres solteras y mucha gente viviendo en condiciones deplorables. Esa no es solo tarea de la Intendencia, pero hay barrios, calles, desagües, cunetas, iluminaciones que contribuyen a esa pobreza y decadencia. Además se cambió el contenido de la pobreza y la indigencia, incluyendo cientos, sino miles de habitantes de las calles.

¿Es solo o principalmente un problema de plata? Es obvio que los recursos –sobre todo bien administrados y con prioridades claras– son fundamentales, pero hace falta un gran esfuerzo nacional, porque estas situaciones existen en muchas, demasiadas zonas y ciudades del país. La fractura no es solo montevideana.

Así como cuando se llega a un hospital público se puede sentir que el Estado, los médicos, los enfermeros y todo el entorno nos brindan la mejor calidad y no hay grandes diferencias con los buenos sanatorios privados y democratizamos la medicina y a la sociedad en sus sensibilidades, también puede suceder exactamente todo lo contrario, que le brindemos a la gente humilde y también a los otros la imagen que lo público es mediocre, decadente, poco limpio y mal iluminado. Y que no se lo ve mejorar, crecer y modernizarse. Es una visión, un empuje, una conducta que cada uno ha demostrado o negado en sus experiencias anteriores. En las diversas responsabilidades.

Se puede ser un monarca o un jerarca máximo descuidado y preso de la burocracia, o un director de hospital que en diversas circunstancias le dio un particular impulso y la gente, los pacientes, los que importan en primer lugar y estos se lo reconocen. Hay tantos funcionarios que ya tienen callos en sus posaderas de tanto empleo rotatorio en intendencias y otras dependencias y han sido devorados por la rutina o directamente e incluso tienen la osadía de cuestionar a candidatos de su propio partido por falta de experiencia. ¿Y qué experiencia tenía un médico oncólogo, o incluso un arquitecto, un biólogo, una profesora de francés o un ingeniero mecánico? Ninguna, a unos le fue bien y a otros para el olvido.

Hay un aspecto muy delicado, es el del acostumbramiento. No precisamente a lo bueno y lo mejor. Hace 30 años que gobierna el mismo partido y si de lo que se trata es simplemente de seguir por esta ruta, con este ritmo y con esta coraza contra las críticas y rodeado de satisfechos funcionarios, la ciudad y los montevideanos vamos muy mal. Si de lo que se trata es de tomar críticamente la experiencia, los aciertos, los errores, los retardos y promover un auténtico cambio en Montevideo. Esa es ya una esperanza. No queremos más de lo mismo pero retocado.

Debemos reconocer que el acostumbramiento ha entrado muy hondo en el alma de nuestra sociedad, en particular en las zonas más castigadas y débiles socialmente y culturalmente. La campaña electoral debería ser un gran esfuerzo para romper esa cáscara dura y horrible de esas heladeras y comenzar a dar la batalla contra la resignación, contra la costumbre de amoldarnos a cualquier cosa, a explicar todo y no asumir la actitud colectiva de dar la batalla desde el Estado, pero también desde la sociedad civil para avanzar, para incorporar nuevos problemas, como por ejemplo el cuidado del medio ambiente en estos tiempos o la lucha contra la violencia de género.

Otro aspecto a destacar es que las cosas cuestan, no se trata de creer que un cargo en el Estado, a cualquier nivel es una licencia para gasta despiadadamente. Esas audacias se pagan a veces muy caras. Y por último, un buen intendente es el de las grandes cosas y de los detalles, pero sobre todo el que sabe elegir desde el comienzo cuál es su prioridad. La prioridad absoluta somos los habitantes de esta ciudad y los visitantes uruguayos y extranjeros. Después vienen los jerarcas, los directores, los funcionarios que en definitiva deben estar al servicio del proyecto y el proyecto es la gente, es el uso del tiempo y de la plata, con ideas y con capacidad.

Rodearse de gente capaz y no de adeptos es otra de las puertas al éxito. Y lo que necesita Montevideo es un gran éxito, urbanístico, social, cultural, en los servicios y en la promoción del clima de empuje nacional y departamental. Y progresista en serio.

Hay además un factor que no es estrictamente departamental, es profundamente nacional e ideológico y político. Un buen intendente de Montevideo, puede darle un verdadero y profundo impulso a la verdadera renovación de la izquierda, desde la práctica de gobernar y de pensar fuera de la carrera de los funcionarios que coparon casi toda la estructura del Frente Amplio. Nunca podrá hacerlo solo, pero es una ruptura de una lógica que ha dañado profundamente a la izquierda.