Fin de año: evaluación, éxito, depresión y esperanza

“Hay hechos que son terribles y rondan nuestra vida, a veces desde la culpa. Difícilmente podamos ayudar a alguien si no es capaz -primero- de perdonarse o declararse inocente…”

Con las fiestas se da el cierre de un año y por lo tanto, casi naturalmente, surge la evaluación. Esta posibilidad de cerrar, de reflexionar, de repasar el camino andado puede ser una tortura o una instancia de enriquecimiento, dependiendo un poco del punto de vista que elijamos.

Desde el “medio vaso vacío”, toda la experiencia vivida tiene grandes chances de ser un fiasco. Parados en la autoexigencia, en el “deber ser”, o “debería”, todo año tiende a deslucirse: Siempre faltan cosas por hacer, decir, ganar, etc.

 

Puestos en la exigencia, aparecen palabras y etiquetas que no facilitan las cosas. Hace pocos días comentaba que me rechinaba la elección de la palabra éxito que hizo Enrique Baliños para su best seller “No más pálidas. Cuatro actitudes para el éxito”, donde la palabra “éxito” seguramente ha sido escogida porque en el entorno empresarial suena a deseable y natural, pero donde siento que para la vida en general hay una trampa gigante: el éxito no deja de esconder el polo opuesto, facaso.

Éxito o fracaso, es apenas una forma de vivir, medir, la vida. Podría ser “feliz, infeliz”; “triste, alegre”, “pleno, no pleno”, etc. 

La mirada exigente suele no valorar nada aquello que no calce exactamente en “éxito”, pero acaso lo más triste del tema, es que el éxito no depende de mí mismo, sino de la mirada aprobatoria del otro. O sea, de su juicio u opinión. Si éxito significa “resultado feliz de un negocio, o buena acogida de algo o alguien” notaremos que alcanzarlo no está en mis manos, sino en las de alguien más. Sólo podría tener un resultado feliz de un negocio si alguien más interviene, y la buena acogida de algo implicaría que alguien más lo reciba bien.

Cuando elegimos funcionar en base a las expectativas de los demás, estamos entregando las llaves de acceso a nuestra felicidad a otra persona: mi jefe, mis empleados, mi mujer o marido, mis vecinos, o peor, a “la sociedad” en general, para el caso de fama y éxitos sociales.

Alexander Lowen, fundador de la bioenergética, médico que fue influido por las ideas de Wihelm Reich, sostenía ya en los años ’70 sobre lo inevitable de la depresión en nuestra sociedad debido a esta entrega que hacemos de nuestra evaluación a alguien más. Así la depresión tenía que ver fuertemente con expectativas irreales, y su frustración.

“Antes o después se derrumba la ilusión, el sueño se desvanece, el plan falla y se encuentra cara  a cara con la realidad. Cuando esto sucede, el individuo se deprime y se siente desesperado”.

Agregaba, refiriéndose a estos temas:

“Cuando perseguimos ilusiones nos proponemos metas poco realistas, creyendo que si las lográramos, automáticamente nos liberarían, restablecerían nuestra capacidad de autoexpresión y nos harían capaces de amar. Lo que es irreal no es la meta, sino la recompensa que se supone que sigue a este logro. Entre las metas que muchos de nosotros seguimos tan implacablemente están las riquezas,el éxito y la fama. En nuestra civilización hay toda una mística en torno al enriqucecerse. Dividimos a la gente entre los que “tienen” y los que “no tienen”. 

Y luego detalla:

“Creemos que los ricos son los privilegiados que poseen los medios para satisfacer sus deseos y en consecuencia para realizarse. Desgraciadamente, esto no funciona para todo el mundo. 

Tanto se deprime el rico como el pobre. El dinero no da las satisfacciones internas que son las que hacen que la vida merezca la pena vivirse. En muchos casos la tendencia a ganar dinero desvía la energía de actividades más creativas y autoexpresivas, con lo cual el espíritu se empobrece.

El éxito y la fama pertenece a otro orden de cosas. La tendencia hacia el exito y la fama se basa en la ilusión de que no sólo incrementarán nuestra autoestima, sino que además lograremos esa aceptación y aprobación de los demás que parece que necesitamos. Es cierto que el éxito y la fama aumentan nuestra autoestima e incrementan nuestro prestigio en la comunidad, pero estos logros aparentes contribuyen bien poco a la persona interior. Muchos triunfadores se han suicidado en la cumbre del éxito. nadie ha encontrado verdadero amor a través de la fama, y muy pocos han superado la sensación interna de soledad gracias a ella. Por muy fuerte que sea el aplauso o estruendosa la aclamación de las multitudes, no llegan al corazón. A pesar de que estas son las metas que glorifica la sociedad de masas, la verdadera vida se vive en un nivel mucho más personal.

Por lo tanto, se puede definir como meta irreal aquella que conlleva expectativas poco realistas. El verdadero objeto que hay tras la lucha por el dinero, el éxito o la fama es la autoaceptación, la autoestima y la autoexpresión. El ser pobre, un fracasado o un desconocido es para mucha gente ser un “Don nadie” y, por tanto, no ser merecedor de amor y ser incapaz de amar.

Pero quien crea que la riqueza, el éxito o la fama pueden convertir a un “Don nadie” en “alguien”, es víctima de una ilusión. La persona que triunfa puede parecer que es “alguien”, porque está rodeado de signos externos de importancia: ropas, coches, casa y celebridad. Puede que de la imagen de ser “alguien”, pero las imágenes son un fenómeno superficial que a menudo tiene muy poco que ver con la vida interior”.

En fin, todo esto para decir, que ojalá todos y cada uno de nosotros podamos pasar revista al año que finaliza, no olvidando la mirada amorosa: que cada día es un nuevo milagro, que cada paso cuenta, y que la única, única meta que no debemos olvidar es la de intentar por todos los medios ser felices.

Salud gente, buen año.

@2012 Gustavo Nisivoccia


  • Alexander Lowen, La depresión y el cuerpo (1972), Alianza Editorial, Tercera reimpresión, 2009
  • Enrique Baliños y Carlos Pacheco, No más pálidas. Cuatro actitudes para el éxito.